Donde habita el recuerdo

Donde habite el olvido, En los vastos jardines sin aurora; Donde yo sólo sea Memoria de una piedra sepultada entre ortigas Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.Donde mi nombre deje Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, Donde el deseo no exista.En esa gran región donde el amor, ángel terrible, No esconda como acero En mi pecho su ala, Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, Sometiendo a otra vida su vida, Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.Donde penas y dichas no sean más que nombres, Cielo







y tierra nativos en torno de un recuerdo; Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, Disuelto en niebla, ausencia, Ausencia leve como carne de niño.Allá, allá lejos; Donde habite el olvido.  Luis Cernuda


Sinopsis


    Este proyecto audiovisual habla de los miles de asesinados en la zona sublevada tras el golpe de estado del 18 de julio de 1936, que fueron víctimas de una represión cruel y sistemática y que fueron enterrados en fosas comunes a lo largo de todo el país, ocultas por un pesado manto de silencio y olvido. Este proyecto aborda las labores de recuperación de los restos y de la memoria de esos miles de asesinados tanto durante el golpe de estado como durante la posterior guerra civil y los años de régimen franquista, a través de las exhumaciones realizadas con rigurosas técnicas de arqueología forense que garantizan la seriedad, el respeto y la trascendencia de los trabajos.

Esta es una historia que habla de sufrimiento, de olvido, de horror, de silencio, de miedo, de odio y de muerte. Pero sobre todo es una historia llena de amor. Del amor de quienes decidieron no olvidar, llorar y luchar sin descanso por la memoria de todos aquellos a los que les fueron arrebatadas impunemente sus vidas. Sus sueños.


  En este proyecto se propone la reflexión acerca de este proceso a través del libro “Desvelados”, del cortometraje documental “Morir de sueños” y de una exposición multimedia.



Tema


     La guerra que se desató en el Estado español tras la sublevación del 18 de julio 1936 por militares de ideología fascista supuso, entre otras cosas, la llegada a la mayoría de edad del fotoperiodismo, tal y como lo entendemos en la actualidad.

    Sin    embargo,    mientras todos    aquellos fotógrafos se esforzaban  por contar cómo se combatía en los distintos frentes y cómo se vivía en la retaguardia, tenía lugar una sangrienta y cruel represión sobre la población civil ejercida por las t ropas golpistas y por elementos paramilitares, que torturaron, mataron e hicieron desaparecer a decenas de miles de personas, y que no fue documentada por cámara alguna. No había presente ningún fotógrafo mientras se asesinaba impunemente a miles de españoles, se enterraba sus cuerpos en cualquier cuneta, se expoliaban sus bienes y se ultrajaba a sus familias. No hubo nadie que registrara aquellos crímenes bárbaros para contar al mundo lo que estaba ocurriendo. Las cámaras, pese a su capacidad de mentir, de escenificar, de falsear, siempre resultan comprensiblemente molestas cuando lo que sucede ante ellas son crímenes contra la humanidad, asesinatos, violaciones o actos que se pretende ocultar.

   

    Más tarde, la dictadura se ocupó de glorificar a sus muertos, muchos de los cuales también habían sido ejecutados impunemente y sin presencia de cámara alguna, y se esforzó en exhumar sus cuerpos, darles digna sepultura y rotular con sus nombres las paredes de todas las iglesias y plazas del Estado, para imponer la memoria arrogante e implacable de los vencedores sobre el desprecio y la indiferencia hacia los vencidos, ocultando bajo un pesado manto de silencio y olvido a quienes yacían sin nombre ni recuerdo por los montes y cunetas de todo el país. La transición a la democracia impuso el acuerdo con el silencio y el olvido. Han pasado 35 años desde la muerte del dictador, pero decenas de miles de víctimas continúan enterradas en las cunetas a lo largo de todo el país. En algunos lugares, durante los años 70, muchas familias decidieron exhumar los restos de sus seres queridos con sus propias manos. Sin embargo, el intento de golpe de estado de 1981 hizo que el miedo se apoderase de nuevo de todos, y que se suspendiesen dichas iniciativas.

       Hasta ahora. Fue en el año 2000 cuando Emilio Silva promovió la exhumación de los restos de su abuelo de una fosa común en Priaranza del Bierzo, junto a los de otros 12 asesinados en octubre de 1936, en lo que fue el inicio del actual proceso de exhumaciones y la fundación de la ARMH. Más tarde vendría la promulgación de la llamada Ley de Memoria    Histórica, y más    recientemente    el auto del juez Baltasar    Garzón contra    los    crímenes del     franquismo.    Es hoy, 75 años más tarde, cuando los nietos de aquellos asesinados abren las tumbas y exhuman cuidadosamente los restos de los suyos en un acto de dignidad, de memoria, de orgullo, de rabia y de amor. Pero hay una diferencia fundamental con las exhumaciones de los años 70: ahora se exhuma siguiendo unos estrictos protocolos científicos de arqueología forense que permiten determinar las circunstancias de los crímenes, identificar los cuerpos en la mayoría de los casos y poner a disposición de la comunidad los datos relativos a los hechos tal y como sucedieron.

Y ahora sí que están las cámaras para fotografiar cada una de las exhumaciones de fosas que se realizan, cada uno de los huesos que sale a la luz, cada uno de los objetos —alpargatas, hebillas, gafas, anillos, lápices, mecheros, botones- que emergen de ellas detenidos en el tiempo, y cada uno de los rostros que se asoman a esos agujeros negros, para que muestren cómo aquello que sucedió y que se quiso ocultar surge de la tierra buscando simplemente su lugar en la historia. Dice Tzvetan Todorov que es mejor no enfrascarse en combates estériles contra el pasado y que es preferible atender al examen de la razón que sacralizar la memoria, y probablemente sea cierto. Pero la razón nos dice que decenas de miles de personas fueron efectivamente asesinadas en el Estado español a partir del 18 de julio de 1936 en lo que constituye un crimen contra la humanidad aún por juzgar. La memoria de todas esas personas no necesita de sacralización alguna, únicamente de verdad, justicia, luz y respeto.

Creo que la fotografía es el vehículo perfecto para hablar de esta labor de recuperación de la memoria, puesto que no sólo se trata de recuperar la de quienes aún yacen anónimos en lugares ignorados sino también de preservar.

la memoria de un tiempo —el actual-, en el que finalmente se acometió ese trabajo, para contar cómo y porqué se hizo así.

Las fotografías cierran aquí y ahora su particular círculo de la guerra de 1936, mostrando años después lo que entonces se quiso ocultar y no se pudo fotografiar. Para conseguirlo no es necesario efectuar grandes recorridos intelectuales o artísticos, construir teatritos afectados, falsear o escenificar nada; basta con ir allá donde sucedió el crimen, exactamente el mismo lugar donde ahora crece sin tapujos la memoria, y mirar. Basta con ir ahí, a esos lugares tan cerca de nuestras casas, donde ahora mismo pasa algo que es imprescindible fotografiar.